La calle

Este trabajo es el resultado de una edición de una serie de fotos que realicé entre mediados de 2001 y comienzos de 2004.

Puesto a pensarlo hoy digo:

No es un ensayo, no hubo plan, sólo compulsión, es más una acumulación de imágenes que busqué o encontré en mi deriva con una pequeña cámara de un solo lente.

Me cruzaron influencias: mi oficio de reportero gráfico, la tradición de la fotografía blanco y negro con un toque amateur, el paisajismo urbano, la cruda foto callejera, la búsqueda de resquebrajados símbolos de identidad y sobre todo, mis tropiezos con el presente, con la crisis social y personal. Un diario íntimo de mis miradas, del desasosiego de época encarnado en fotos. También está la pasión testimonial, tal vez política.

Fotos de la calle, como idea de ciudad, de cruces, señales, sombras, huellas y cuerpos en una hipótesis simplota, la foto como presente continuo, presente en el acto de fotografiar y en la mirada de los otros que la presentifica cada vez.

Todo esto impregnado con una nostalgia anticipada del último trabajo que realicé en soporte de película y papeles emulsionados con sales de plata.

 

Rafael Calviño, la lava como fotografía

La calle es un tejido vivo: preferimos verla así. La calle repone incesantemente sus motivos de movimiento y color: preferimos que sea así. Pero para Rafael Calviño la calle es una maquinaria rota hace milenios, donde la lava dejó apresadas unas figuras humanoides en el último acto que estaban cometiendo. La calle queda etérea, geométrica, petrificada. Esas personas que están caminando en fila por el centro de la ciudad es la última vez que lo hacen. Esas corbatas que flotan como perdidos gallardetes en la corriente es la última vez que se mueven por el viento.

Escorias vivientes. Esas chimeneas del supermercado Coto de Morón serán descubiertas miles de años después como si estuvieran para siempre señalando la pequeñez de las criaturas que se ocupan de trabajos indescifrables a la altura del piso. El anciano que en la Universidad Maimónides está rodeado de objetos farmacológicos y anatómicos, quizás está en su inmortalidad descuajeringada, inspeccionando como un arácnido clavado en telgopor un recipiente con residuos orgánicos.

Calviño trabaja con filamentos de la lava. (Llamémoslo así.) La lava es lo que fija, revela, deja en estado de eternidad lo áspero y miserable de la vida. ¿Esa textura de la medianera de Córdoba y Juan B. Justo no es la metáfora misma de la construcción, o del construir? Ladrillos expuestos, deterioro, caños que no sabemos que función cumplen. Y en otras imágenes ventanas vistas desde afuera, puro recuerdo carcelario de un mundo doméstico derruido. La ciudad que fotografía Calviño son ruinas miradas desde un cartapacio, desde una oficina o desde un departamento aristocrático.

La mirada, en efecto, se ejerce desde un exterior –desde ventanas egregias– o las mismas ventanas son retratadas, como encuadres que en sí mismos son también alcanzados por un líquido volcánico que los deja inertes para siempre con rostros congelados adentro en un recurrente saludo. La lava deja ruinas escarchadas, como si los edificios y las personas hubieran sido siempre así, puestos detrás de rejas que les dan una ingenuidad penitenciaria. El perro, la cunita, el automóvil en un garage suburbano, son objetos apresados o apresadores. Las rejas son como un residuo sintético que protegen por años las ruinas, o mejor dicho la visión de las ruinas y los fantasmas que transitan por ellas.

Contrastes: en el Velódromo –Calviño no busca lo que se hace según lo que anuncian los lugares – un hombre protagoniza su soledad en medio de un campo de deportes. Es un contrapunto entre lo vertical y lo horizontal. Su cuerpo tirado en el pasto, sosiego indiscutido, y los postes de luz cortando el cielo. La atmósfera puede ser dichosa pero se transforma en irreal. La lava corta la vida cotidiana en cualquier punto casual en que se hallara. La calle es asaltada por la lava. La lava es el mirar de la foto cuando embiste ciudades y las detiene en un segundo de su perennidad inocente, llena de miserias pero sin culpa. La fotografía es un arte de disculpa. Las fotos de Rafael Calviño, hace años que es así, toman la vida como un eterno despojo del tiempo; ha pasado todo ya, pero ha quedado para siempre.

Horacio González
Director BN

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