Mujeres flores. Eunice Adorno

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Ahí, en medio de carreteras como laberintos, conocí a las primeras mujeres: misteriosas y silenciosas, a la sombra de un árbol, me miraban fijamente. No hubo saludo; no hubo diálogo. A este extraño encuentro, y a su paisaje imborrable, vuelvo frecuentemente pues considero que el primer contacto con un desconocido es el más fascinante, un asombro que nunca vuelve a ser igual. Después, emprendí un viaje a Nuevo Ideal, Durango, y a La Onda, Zacatecas, para conocerlas. En estas aisladas comunidades de parajes casi desérticos transcurren las reservadas vidas de las mujeres menonitas, tal y como lo han hecho desde la época de Álvaro Obregón, quien le concedió a este pueblo algunas tierras en los estados de Chihuahua, Durango, y Zacatecas, donde habitan hasta el día de hoy.

En el transcurso de nuestros encuentros, mi fascinación por ellas fue en aumento. Por instantes, me encontraba tratando de entender su forma femenina de vivir: los elegantes vestidos, las zapatillas negras y las medias que atraviesan inhóspitos parajes y caminos polvosos para llegar a sus escondidas moradas. Con el tiempo las comprendí mejor, entendí el valor de sus casas y las flores. Las casas, y en especial las cocinas, constituyen un secreto en el horizonte, donde las menonitas se resguardan, por horas y horas, entre objetos personales llenos de significado. Apartadas del trabajo y de sus maridos, las mujeres forjan su propio universo con charlas, recuerdos, secretos, amistades, placeres y diversiones, y lo esconden bajo sus vestidos cautelosos y su reservada mirada al exterior. Por su parte, las flores son el denominador común de estas mujeres; las flores aparecen en sus vestidos, en sus objetos, en sus nombres y en sus jardines, y dan, por tanto, nombre a esta serie: Fraum Blaum significa "mujeres flores" en alemán bajo, su lengua materna.

Nuestra comunicación se lleva a cabo en español o, a veces, con gestos filtrados por el alemán -alto y bajo-, pero nuestro verdadero punto de encuentro son los sentimientos humanos, que compartimos como mujeres, enmarcados, ahora, por la fotografía. La complicidad y las relaciones emocionales que las mujeres menonitas construyen son parte de esta serie de imágenes, y revelan instantes apacibles y alegres que nos alejan de la idea rígida y estereotipada de una vida conservadora.

El mundo de estas mujeres me parece fascinante, enigmático; además, mirar a las mujeres menonitas es también ser mirada por ellas. Las estancias en sus comunidades, en las que me aislaba de mi mundo cotidiano, implicaron emprender un viaje hacia mi propia historia. Como hija de padres cristianos, con ellas he rememorado mi infancia, marcada por la presencia de la religión y de costumbres conservadoras. De cierto modo, en los colores y las costumbres de las mujeres menonitas, busco y encuentro mi propia historia.


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